Mi fe y mi duelo

 

“Camina con los pies en la tierra, pero con la mirada y el corazón en el Cielo”

San Juan Bosco

 

Me han preguntado al respecto. ¿Qué pasó en mí ese día y este tiempo?

No existe una respuesta única. Cada doliente lo vive desde su relación con Dios, desde su contexto, desde su historia personal, desde su relación con su ser querido; porque es un dolor que desgarra el alma; un dolor que solo tú y Dios conocen, nadie más. Así que escribo desde mi realidad. Por favor, si estas viviendo un duelo de viudez, no te compares conmigo. ¡Tú duelo es tan único como tu ser hija de Dios!

¿Qué pasó conmigo?

El dolor era tan insoportable que mi cerebro se protegió (comprobado científicamente), se bloqueó, se inflamó para protegerme. Y en ese momento grité al Cielo, “no voy a poder sola, te necesito, no me vayas a dejar; y entregué a mi esposo diciendo: Tu Divina Voluntad, tu Divina Voluntad”.

Recuerdo entre la penumbra de pensamientos que me llegaban haber orado: “Señor, no voy a poder sola. Ahora, estoy enojada contigo.  Seré una niña de tres años que está enojada con su padre porque no le da lo que ella quiere; así que haré berrinche, uno, dos, muchos, por favor, no me sueltes, yo querré soltarme y correr entre los carros que van por la calle, pero tú no me sueltes; agárrame fuerte”. Sí, esta fue mi oración en aquellos primeros días, estaba (estoy) asustada.  Me propuse, me obligué a levantarme cada día para ir a la Eucaristía. Me obligué a levantarme, a comer, a bañarme e ir. ¡Sabía que tenía que alimentarme! Sabía que este peregrinar en el desierto me iba a desgastar.  Sólo su gracia. Sólo su fuerza. Solo El.

 Cada Eucaristía era ofrecida por el alma de mi esposo y por mi alma que se quedaba en esta tierra.  No podía rezar el Padre Nuestro sin llorar: “hágase tu voluntad” (y resonaba en mi mente y dolía en el corazón roto, “tu voluntad, tu voluntad, tu voluntad”) …y ahí me quedaba llorando hasta que me calmaba. En esos días, me costaba repetir en el Salmo, “Dios es bueno”, “Dios bendecirá al hombre justo” (mi mente lo cuestionaba, ¿enserio? ¿Y por qué te trata a ti así?) …me dolía, realmente me dolía cuando lo leían; sentía que una pequeña espada atravesaba el corazón, lo sentía en mi cuerpo y mis lágrimas salían. La respiración se entrecortaba y el silencio atestiguaba todo; el Dios del silencio se hacía presente. Sí, dolía (y aun duele) el cuerpo físico. Han pasado los meses, ya puedo repetir esos salmos, ya puedo decir “Dios es bueno”, aun no lo siento, pero lo creo. Lo creo con la certeza de una fe fincada en El, sostenida en El y violentada en El.  Así que camino así.

Me he sentado, una y otra vez a contemplarlo, esa cruz que me grita su amor, un amor crucificado que no logro entender, pero lo creo, lo creo con todas mis fuerzas. Ahí me quedaba, contemplándolo, llorando, escribiendo; escribí mucho, es mi catarsis, las palabras fluyen de mi mano, salen gritando desde mi alma y quedan plasmadas en la blancura del papel, o en el papel desgarrado cuando el enojo me llevaba a rayar y rayar sin parar hasta que pasaba el momento. Y El mi único testigo en ese momento (después mi psicóloga y mi director espiritual, y también esas personas que han estado a mi lado, y que han escuchado mi dolor en toda su crudeza sin asustarse; y además mis grupos de apoyo mutuo, las viudas que busqué para compartir con ellas un dolor que nos une-aunque siempre decimos que no nos hubiera gustado conocernos por esta circunstancia-después hablaré de ellas).

La gracia de Dios me ha sostenido desde el día 1. No lo dudo ni un instante. Porque sí, las ganas de vivir se van, se pierden en y con el dolor; de pronto, ya no hay un “nosotros”, el sentido de la vida cae, “nuestro” plan de vida desaparece; la tormenta se lo llevó todo. Vives en una especie de abismo, de incredulidad, de un dolor realmente que desgarra el alma.  Pero la fe, la fe te recuerda a quién le perteneces y de quién es tu vida, así que te abrasas fuertemente a ese Dios de Vida Eterna. Y en algún momento, en algún recóndito lugar, vuelven, se encuentran esas ganas de vivir.

Y Ella y El, con una presencia silenciosa y firme. María y José me han abrazado, han estado presentes en medio de mis berrinches, de mis enojos, de mis disgustos, de mi tristeza profunda.  Han abrazado mis heridas.  Son un bálsamo que está sanando, que me presentan a Jesús, que me arrastran hasta él. ¿Les reclamo? Sí, varias veces (o muchas). Pero como amigos e intercesores fieles, han estado ahí para soportarme y aguantarme.

He camino el sendero más oscuro hasta este momento, pero nunca, nunca ha faltado la esperanza. No sé cómo (no hay explicación en mi razón humana), pero está, resplandece, a veces con fragilidad, a veces con destellos…aún no como una antorcha que lo alumbre todo, no, aun no llego ahí, pero está presente. ¡La fidelidad de un Dios que hoy más que nunca comprendo menos, pero abrazo más!

Así voy viviendo mi duelo con mi fe.

 

 

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Un cumpleaños más sin ti- Noviembre 2025

Levantándome sola

¿Quién soy el día de hoy?