En el dolor y la confianza

“Como el agua me derramo (lloro día y noche), me duelen los huesos (y el cuerpo)…mas sé que quienes han esperado en Ti, Tú saldrás en su favor y no quedarán defraudados” (Meditando el Salmo 22)

 

Casi un año sin ti (once meses y ciertos días), casi un año regándome con la gracia del dolor, una brisa diaria y suave de tristeza que tocas las fibras más profundas, esas que solo Tú, Dios de la vida, conoces. Soledad, sentimiento de abandono, cansancio, miedos, angustias, ansiedad, reclamos...y Tú, tu presencia constante, fiel, firme; tu presencia que me sostiene, me soporta, me levanta, me vivifica. 

Por Ti, en TI y para Ti vivo: hoy más que nunca lo creo, no lo siento, lo creo en la oscuridad, en la soledad, en el desierto, en la vida diaria, en la lluvia suave donde hoy te encuentro.

Recuerdo ese primer día, cuando te grité desde el alma: "No me dejes sola porque no voy a poder; este dolor me sobrepasa". Y Tú permaneciste conmigo, abrazándome y callado.  Me has permitido gritar, victimizarme, llorar, reclamar, enojarme: ¡Me has permitido vivir mi duelo! ¡Cuánto amor, cuánta ternura, cuánta bondad!

Sigo sin comprender (y pasa por mi mente, ¿injusto?). No hay respuestas. Duele. Lloro. Confío. En medio de esta tormenta me acuesto contigo en la barca (cfr. Mateo 8,23-37) y me quedo entre tus brazos para siempre, siempre, siempre.

 


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