Dos emociones, de muchas, presentes en mi duelo

 

“La cura para el dolor está en el dolor”

Rumi

El sentimiento de culpa, de culpar a Dios, a la vida, a esas circunstancias, a mi esposo, a mí misma.  La culpa, ese sentimiento tan presente que está, que sale a mi encuentro en cada recoveco y en cada esquina me asusta. Está presente recordándome todo cuanto no hice bien, aquello que debí haber hecho mejor, todos los “hubiera” se hacen presentes; “si tan solo”, “tal vez debería haber hecho o dicho”.  Esos primeros tiempos controlando mi presente y mis pensamientos.

El cerebro no lo entiende, ¿qué está pasando? Y busca una explicación. Dios, la vida, el hospital, alguien debe ser el culpable, alguien debió cometer el error. ¿Tal vez Dios se descuidó un rato? ¿Tal vez no era el momento para que el partiera? Mi mente buscaba esa respuesta.

Y la ansiedad que tanto tiempo había estado pasivamente controlada se desató. La culpa y la ansiedad no me permitían descansar bien esos primeros días. Parecían querer robarme la vida.

Poco a poco vas respondiendo a la culpa. Poco a poco, escribiendo cada día lo mismo, hablando con quienes supieron quedarse contigo, hablando de lo mismo, repitiéndoles cuanta culpa sentía y la ansiedad que desbordaba.

Poco a poco aprendí a dejar la culpa ahí, en ese lugar inexistente, en esa nada; donde pudiera ir desapareciendo poco a poco.

Poco a poco la ansiedad me empezó a enseñar mucho de mi historia personal (¡en este preciso momento!).  Empezó a mostrarme miedos, las sombras oscuras que me han acompañado y me han limitado. La ansiedad empezó a escribir conmigo, a dibujar esos monstruos internos, a ponerles nombres. ¡Vaya que el duelo desnuda! Y me acompaña aún, todavía no se ha ido del todo. Pero estoy aprendiendo a caminar con ella, a aprender de ella, para dejarla partir en su momento.

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